Por: Juan David Muñoz, Socio, McKinsey & Company
Existen dos datos que deberían ocupar simultáneamente la agenda de cualquier líder empresarial latinoamericano. McKinsey, en sus artículos más recientes sobre inteligencia artificial (IA), automatización y crecimiento, afirma que el 57 % de las horas trabajadas en América Latina podría automatizarse con tecnologías que ya existen. Al mismo tiempo, la región ha registrado apenas 0,8 puntos porcentuales de crecimiento anual de productividad durante los últimos 25 años.
La coincidencia importa. América Latina lleva décadas buscando la fórmula para elevar su productividad y hoy tiene frente a ella una tecnología capaz de transformar radicalmente la manera en que trabajamos. ¿Tenemos los líderes capaces de convertir esa transformación en crecimiento? Está por verse.
¿Qué significa realmente automatizar?
Del 57 % de las horas laborales que podrían automatizarse en América Latina, 39 % corresponde a agentes de IA para trabajo no físico y 18 % a robots para tareas físicas. Esto no significa que desaparecerá el 57 % de los empleos. Tiene que ver con que una parte sustancial de las actividades que hoy realizan las personas puede reorganizarse entre humanos, agentes inteligentes y máquinas.
El premio económico es considerable, ya que, dentro de cuatro o cinco años, la automatización podría liberar aproximadamente 450.000 millones de dólares anuales en valor en América Latina. Con una adopción más gradual, serían alrededor de 230.000 millones. Ambas cifras son muy positivas, pero la diferencia entre ambas demuestra que la tecnología crea el potencial, mientras que la capacidad de adopción determina cuánto de ese potencial termina convertido en productividad. Esta puede verse como una de las grandes lecciones para los líderes de la región. Y ahí aparece nuestro principal reto.
En el escenario central, la adopción de automatización alcanzaría apenas el 14 % de las horas actuales en América Latina, frente al 27 % en Estados Unidos y el 25 % en Europa. Los salarios relativamente bajos reducen algunos incentivos económicos para automatizar y el costo de la robótica dificulta ciertas inversiones. Pero también existen obstáculos que dependen directamente de las empresas, entre ellos la preparación organizacional, la integración tecnológica y las capacidades de los trabajadores.
Por eso, la IA debe entenderse como una agenda de liderazgo. Los CEOs y sus equipos tendrán que rediseñar el trabajo alrededor de una nueva unidad productiva formada por personas, agentes de IA y sistemas automatizados. El coordinador que antes coordinaba principalmente personas deberá convertirse progresivamente en un orquestador de capacidades humanas y tecnológicas.
Esto exige habilidades distintas. Mientras la IA puede analizar información, ejecutar tareas y acelerar procesos, el líder deberá conservar responsabilidades mucho más difíciles de automatizar, como establecer dirección, interpretar el contexto, cuestionar conclusiones, gestionar excepciones, construir confianza y asumir responsabilidad por las decisiones. Es la diferencia más clara entre robot y humano.
De hecho, el 66 % de las habilidades demandadas en América Latina aparece tanto en actividades automatizables como en aquellas que no lo son. Capacidades como resolución de problemas, trabajo en equipo y comunicación efectiva seguirán siendo relevantes. Las personas dedicarán menos tiempo a tareas rutinarias y más a dirigir sistemas, interpretar resultados y cuestionar sus respuestas.
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El liderazgo latinoamericano tendrá que evolucionar en esa dirección
La incorporación de nuevas tecnologías también cambia la manera en que los propios líderes deben relacionarse con sus equipos. Un CEO difícilmente podrá conducir una organización impulsada por IA desde la distancia. La experiencia práctica con agentes y herramientas permite comprender dónde crean valor, dónde fallan y qué preguntas deben hacerse. Además, genera credibilidad ante las personas que inevitablemente enfrentarán incertidumbre durante la transformación.
Para América Latina, esta discusión adquiere una urgencia adicional. Durante los últimos 25 años, la región creció en promedio 2,3 % anual frente a 3 % de la economía mundial, y cerca de dos terceras partes de ese crecimiento provinieron de la expansión de la fuerza laboral, no de mejoras sustanciales en productividad.
¿Y para las empresas panameñas? La oportunidad está precisamente ahí. Preparar managers y colaboradores capaces de trabajar con estas tecnologías, cuestionar sus resultados y convertirlos en mejores decisiones será tan importante como la inversión tecnológica misma. Somos una economía que creció 4,8 % durante el primer trimestre de 2026 y si fortalecemos el capital humano podemos ayudar a transformar el dinamismo actual en ganancias de productividad más duraderas.
La IA ofrece una oportunidad para comenzar a romper modelos
Si queremos aprovechar la tecnología y tener una ventaja competitiva, se requerirá un modelo de líder menos definido por cuánto sabe personalmente y más por su capacidad para movilizar inteligencia distribuida entre personas y máquinas. Un líder que experimente, cuestione, establezca contexto, preserve el juicio humano y transforme la productividad tecnológica en crecimiento económico.
El posicionamiento de América Latina y de Panamá dependerá de qué tan rápido aprendamos a dirigir empresas diferentes a las que conocemos hoy. Por lo mismo, la tecnología ya comenzó a cambiar, y ahora les toca a los líderes cambiar su forma de liderar.
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