Por: Carlos Andrés Suárez, socio y location manager Colombia de McKinsey & Company
El Congreso Empresarial Colombiano, organizado por la ANDI, dejó una conclusión que trasciende la agenda empresarial: Colombia necesita recuperar la confianza en su capacidad de construir y, sobre todo, de ejecutar.
Este año, esa conversación ocurrió en circunstancias excepcionales. Dos días antes del encuentro, un terremoto golpeó a Chocó, Valle del Cauca, Risaralda y Quindío, y el Congreso se convirtió también en un espacio de solidaridad con las comunidades afectadas. La emergencia puso de presente algo esencial: ante los grandes desafíos, la diferencia está en la rapidez de activar nuestra capacidad de movilizarnos, coordinarnos y convertir decisiones en resultados.
Esa capacidad será determinante para el futuro económico del país. Colombia necesita cambiar de escala en crecimiento. Y para hacerlo, necesita cambiar de escala en inversión.
Hoy, la formación bruta de capital fijo representa apenas 15,7 % del PIB, uno de sus niveles más bajos en dos décadas. Las economías que han sostenido transformaciones profundas han alcanzado niveles cercanos al 25 %-30 %. Acercarnos a esa escala de inversión es una condición para elevar la productividad y aspirar a crecer por encima del 6% anual durante las próximas dos décadas.
La oportunidad existe. Colombia cuenta con recursos naturales, una economía diversificada y una base empresarial sofisticada. Desde McKinsey & Company hemos identificado más de 170 proyectos en siete sectores estratégicos que requerirían movilizar cerca de US$224.000 millones entre deuda y patrimonio. El reto no es construir otro inventario de oportunidades. Es desarrollar la capacidad para financiarlas y ejecutarlas a escala.
Las últimas semanas también demostraron que, cuando el sector público, el privado y la sociedad trabajan alrededor de objetivos concretos, Colombia puede movilizar recursos y capacidades. El desafío es convertir esa capacidad de articulación en una capacidad permanente de ejecución.
Eso exige avanzar en cuatro frentes.
Primero, ampliar la capacidad de financiación. Los activos del sistema financiero colombiano equivalen a menos de dos veces el PIB, frente a cerca de seis veces a nivel global. Necesitamos mercados de capital más profundos y mecanismos que permitan que los recursos de bancos y otros financiadores roten más rápido para financiar nuevos proyectos. No se trata solo de atraer más capital, sino de hacer que el capital disponible trabaje más.
Segundo, asegurar la energía necesaria para crecer. Una economía que quiera industrializarse, digitalizarse y aprovechar la inteligencia artificial necesitará mucha más energía. Colombia deberá multiplicar su consumo energético entre tres y cuatro veces este siglo, y el eléctrico entre 12 y 16 veces. Al mismo tiempo, la producción de petróleo y gas ha caído 25 % en la última década y las tarifas han aumentado 70 %. Cerrar esa brecha exigirá entre US$28.000 y US$40.000 millones hacia 2030, bajo cuatro principios inseparables: abundancia, confiabilidad, competitividad y sostenibilidad.
Tercero, acelerar la estructuración y ejecución de proyectos. Colombia puede reducir los tiempos entre identificar una oportunidad y ponerla en marcha: estructuración, permisos, cierres financieros y coordinación público-privada. Un proyecto viable que tarda años en ejecutarse es crecimiento que el país posterga.
Cuarto, elevar la productividad de la inversión. Con el bono demográfico agotándose, el próximo ciclo de crecimiento tendrá que venir de producir más con nuestros recursos. Tecnología, inteligencia artificial y talento serán habilitadores fundamentales. Hasta 55 % de las horas trabajadas hoy en Colombia podrían realizarse con tecnologías de automatización que ya existen. Capturar ese potencial exige más que adoptar herramientas: exige rediseñar procesos y desarrollar nuevas capacidades.
Estos frentes se refuerzan entre sí. Más inversión sin energía encontrará un límite; más capital sin proyectos ejecutables no se movilizará; y más tecnología sin productividad no capturará todo su valor. Para avanzar necesitamos reglas claras, instituciones eficaces y confianza entre quienes trabajan por convertir las decisiones en resultados.
Colombia no tiene que escoger entre crecimiento y sostenibilidad, tecnología y empleo, transición y seguridad energética, ni entre Estado y empresa. La prioridad es avanzar en todas esas dimensiones al mismo tiempo.
Los proyectos existen. Buena parte del capital y la tecnología también. Y hemos demostrado que podemos articularnos cuando existe un propósito concreto.
Colombia puede activar su “modo inversión y ejecución”: alinear al sector público, al privado y al financiero para movilizar más capital, hacerlo más productivo y convertirlo, proyecto por proyecto, en crecimiento real.
La oportunidad está frente a nosotros. ¿Cómo empezamos?




