El 10 de agosto, a las 7:30 de la mañana, la tierra se movió en el occidente de Colombia con una fuerza de 7,4 grados. En Quibdó, Darling Asprilla estaba haciendo una vuelta médica en el centro de la ciudad cuando sintió el temblor bajo sus pies. No alcanzó a dimensionar lo que ocurría a pocas cuadras de su casa: el edificio contiguo se desplomó y, bajo los escombros, murieron cuatro personas.
En ese instante, a varios kilómetros de allí, en el barrio Medrano, su tía Julia Aurora —una mujer mayor que había salido apenas un momento a revisar si el perro de un sobrino había comido— quedaba fuera de la vivienda familiar justo antes de que esta cayera. El azar, esa mañana, decidió quién quedaba adentro y quién afuera cuando las paredes cedieron.
«La angustia me invadió porque a mi tía yo la dejé en la casa, yo pensé que ella estaba adentro», recuerda Darling. La noticia le llegó entre el caos de una ciudad que apenas comenzaba a contar sus pérdidas.
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No tuvo tiempo de asimilar que su propia casa —la casa donde nacieron generaciones enteras de los Asprilla desde 1958— también había quedado convertida en escombros.
Darling, ingeniera agroforestal y cabeza de un hogar de cuatro personas —su tía, su hija que estudia en Medellín, su padre y ella—, no se detuvo a llorar la pérdida.
Como lideresa de su barrio, los primeros cinco días después del sismo los pasó organizando ollas comunitarias y coordinando ayudas para los vecinos que, como ella, lo habían perdido todo.
«Yo no visualicé que a mí se me había caído la casa en el momento, porque estaba corriendo, porque había personas que necesitaban que yo le ayudara», dice. «Pero Dios me dio la fuerza, la fortaleza para seguir ayudando a los demás, aunque fue muy difícil”.

Una familia partida en tres direcciones
Cuando el polvo se asentó y la emergencia inmediata dio paso a la pregunta de qué hacer después, la familia Asprilla tuvo que separarse. La tía se fue a vivir donde un primo. El padre de Darling, donde una hermana. Ella, donde su pareja. La casa que durante casi siete décadas había sido el punto de encuentro diario —el «cómo amaneciste, cómo dormiste» que sostiene la vida en familia— dejó de existir de un momento a otro.
«Cuando uno vive en familia, cuando uno tiene hogar, ya tiene una vivencia, es muy difícil cuando uno se separa de las personas con las que convive todos los días», dice Darling. «Uno no sabe durante qué lapso de tiempo va a estar separado de las personas que ama».
El primer plan de la familia fue modesto: levantar algo con lo poco que llegaba. A Darling le regalaron 12 bultos de cemento; a su primo, 200 ladrillos. La idea era construir una casa de madera provisional mientras la ayuda de terceros iba llegando, «como ese destello» de solidaridad que empezaba a asomarse entre los escombros de Chocó.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. Alguien de la Alcaldía —Darling no sabe quién dio su nombre— llamó para preguntar por el lote, por la escritura, por si podían hacer una visita. Al día siguiente llegaron a medir el terreno. «Me dijeron: creemos que va a ser la beneficiaria de la primera casa de Colombia. Y yo, ¿cómo así?».
El lote de los Asprilla, ubicado en una de las zonas de mayor impacto del sismo, reunía las condiciones técnicas para convertirse en el primer piloto de «Adopta un Hogar», la estrategia con la que Grupo Argos y Nicky Jam se unieron para reconstruir viviendas destruidas por el terremoto, con el acompañamiento del Ejército Nacional y decenas de voluntarios y empresas —entre ellas Pintuco— que se sumaron a la tarea.
«La verdad que me quito el sombrero. Los resultados son evidentes y estoy demasiado agradecida y contenta, porque al menos ya vamos a tener dónde echarnos un sueño», dice Darling.

El país que se cayó y el que se está levantando
La historia de los Asprilla no es un caso aislado. El terremoto del 10 de agosto dejó tras de sí un país roto: 202.002 viviendas averiadas, 36.326 destruidas por completo, 6.005 edificios averiados y 743 edificios colapsados, según el balance de la UNGRD.
Detrás de cada una de esas cifras hay una familia que, como la de Darling, tuvo que repartirse entre las casas de parientes, cargando la incertidumbre de no saber cuándo volverá a tener un techo propio, o si eso pasará.
«Ya hay iniciativa, ya se está viendo, como dice uno, la experiencia hecha realidad», explica Darling sobre el efecto que ha tenido ser la primera beneficiaria del programa entre los damnificados que aún esperan turno. «Entonces ellos ya saben que a cualquiera le puede pasar, que la segunda, tercera, cuarta casa puede ser cualquiera».
El programa de Adopta un Hogar se comprometió a entregar 1.000 viviendas, 500 de ellas en Chocó, el departamento más golpeado por el sismo. Hasta ahora, más de 6.000 personas y 200 empresas se han sumado a la iniciativa donando recursos, en lo que se ha convertido en una de las movilizaciones de solidaridad privada más grandes tras la emergencia.
Ese esfuerzo se inserta, además, en un problema estructural que el terremoto no creó pero sí dejó en evidencia: el déficit habitacional en Colombia, que según cifras del DANE analizadas por Camacol se ubicó en 25,6 % al cierre de 2025, equivalente a cerca de 4,8 millones de familias viviendo en condiciones inadecuadas.
Aunque el país logró reducir ese déficit en 472.000 hogares durante el último año, más de la mitad de esa mejora —51 %— se concentró en solo tres zonas: Bogotá, Cundinamarca y Santander. En las ciudades, el déficit habitacional urbano se mantiene cercano al 16,5 %, es decir, 2,4 millones de hogares.
Acero, precisión y una casa que se arma como un rompecabezas
La vivienda que hoy se levanta en el lote de los Asprilla no se parece a la que cayó. Utiliza steel framing, un sistema constructivo ampliamente usado en países como Estados Unidos para hoteles y edificaciones residenciales, y que en Colombia ya tiene presencia en desarrollos exclusivos de Antioquia como Monte Sereno y Haras de Santa Lucía.
A diferencia de una casa prefabricada, que llega a la obra en módulos ya armados, en el steel framing son perfiles livianos de acero —cortados, numerados y fabricados con alta precisión— los que llegan al terreno para ensamblarse allí mismo, pieza por pieza, hasta levantar los muros y la estructura que sostendrá el hogar.
El resultado es una vivienda liviana, sismorresistente y ajustada a la normatividad colombiana, que además reduce en más de 40 % el tiempo de construcción frente a los métodos tradicionales, una ventaja decisiva en territorios de difícil acceso como los que dejó marcados el sismo del 10 de agosto.

Fe, como palabra final
Darling Asprilla no pide compasión. Pide fe. «El mensaje para las personas que están esperando es que tengan fe, que crean en que las cosas buenas pueden pasar», dice, y agradece, uno por uno, a quienes se han sumado al proceso: Nicky Jam, Grupo Argos, la Alcaldía, la Gobernación, los empresarios, los voluntarios del Ejército Nacional que llevaron agua bajo el sol y trasnocharon por una casa que no era la suya. «Gratitud inmensa, gratitud inmensa para todos».
Su historia es, en el fondo, la historia repetida de un país que aprendió —otra vez— que las casas se caen, pero las comunidades que las habitan encuentran la manera de volver a levantarlas. Hoy parece que la viga más grande que sostiene a Colombia es la solidaridad.



