Es viernes de algún mes de algún año de la década de los 90. Son las 6:00 p. m. y no hay nada que ver en televisión. Es una noche perfecta para rentar una película.
En la tienda de videos, los pasillos organizados por géneros están llenos de portadas entre las que hay que escoger una historia para acompañar con maíz pira y dulces. Con la elegida en mano, solo basta llegar a casa, sentarse frente al sofá y comenzar el viaje.
Treinta años después, la experiencia ha cambiado. Las góndolas con casetes o DVDs fueron reemplazadas por un catálogo en línea. Ya no hay multas por retraso ni una fecha de devolución. Solo una mano recorriendo los botones del control remoto para elegir, dar play y empezar a ver.
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Todo por cuenta de una idea que buscaba cambiar la forma en que las personas rentaban películas, pero que terminó cambiando la manera en la que el mundo las ve.
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Un cambio llamado Netflix
En 1997, ir al videoclub era un plan clásico de fin de semana. Casi un ritual social y familiar. Para las empresas, además, el modelo de negocio resultaba tan sencillo como práctico.
Los clientes alquilaban las cintas en formato físico y el préstamo tenía un plazo fijo que no superaba las 48 horas. Para poder llevarse las películas, las personas debían registrarse en la tienda y obtener una credencial de miembro, y si el material se entregaba fuera del tiempo acordado, se debía pagar un dinero extra por cada día de atraso.
Aunque la demanda por este tipo de locales estaba en auge a finales de la década, las multas por retraso eran también uno de los puntos débiles del sistema. Y fue precisamente ahí donde una pequeña compañía de alquiler de DVDs encontró una oportunidad para cambiar las reglas del juego.
Cuenta la leyenda que todo comenzó cuando un joven llamado Reed Hastings recibió una multa de US$40 por demorarse en devolver la película ‘Apolo 13’ en un videoclub Blockbuster. Resignado, se aventuró a crear una compañía de renta sin sanciones ni fechas límite. A esa travesía se sumó su socio Marc Randolph y, a partir de ahí, comenzaron a darle forma al negocio al que bautizarían como: Netflix, una combinación de ‘flix’, jerga para películas, y ‘net’, en referencia a internet.
La historia real, sin embargo, se inclina más por el deseo de crear un comercio electrónico que adoptó el DVD como su producto estrella, pero que en el camino convirtió las flaquezas de las tiendas de video en sus fortalezas.
Netflix inició operaciones oficialmente en 1998 con una propuesta que permitía elegir películas a través de su sitio web y recibirlas en sobres de color rojo directamente en casa.
Durante los primeros años, la compañía se concentró en desarrollar una red de centros de procesamiento para hacer más eficiente la distribución y responder al crecimiento del negocio. Con el tiempo, el modelo comenzó a dar frutos y los sobres rojos empezaron a abrirse paso como una alternativa al tradicional viaje al videoclub.

El ascenso del ‘streaming’
En la entrada del nuevo milenio, la compañía de la N roja comenzaba a ganar terreno, pero todavía parecía demasiado pequeña para preocupar a Blockbuster, el líder indiscutible del sector. Para hacerse una idea, en su época dorada, la cadena llegó a tener más de 9.000 tiendas en todo el mundo, por lo que, frente a semejante despliegue, Netflix no parecía representar una amenaza.
Pero el paso del tiempo diría lo contrario.
En 2002, Netflix contaba con 700.000 suscriptores y para 2005 ese número escaló a los 3,6 millones. Esa demanda sostenida por el alquiler de DVD llevó a que dos años después la compañía diera el salto digital para que los usuarios vieran contenido directamente en sus computadoras.
Para 2013, y con un éxito en el bolsillo, el pionero de lo que ahora se conoce como ‘streaming’ dio un siguiente paso en su trayectoria con la creación de contenido original. Su primer gran acierto fue la serie de intrigas políticas ‘House of Cards’, que no solo recibió buenas críticas, sino que trajo consigo una oleada de nuevos suscriptores.
Así, durante la década siguiente, las puertas de Netflix comenzaron a llenarse de cineastas y productores ejecutivos. La razón era sencilla y es que la plataforma ofrecía algo que pocos estaban dispuestos a rechazar: libertad creativa y grandes sumas de dinero para convertir sus historias en realidad. De ahí se desprendió una lista de grandes títulos que van desde ‘Stranger Things’ hasta ‘El juego del calamar’.
Y no solo eso, el modelo abrió la puerta para que otras compañías se aventuraran a incursionar en el ‘streaming’, desde Max, propiedad de Warner Bros. Discovery, hasta Disney+, dominio de The Walt Disney Company. Una ola cultural que no solo desplazó el formato de video, sino que lo reinventó en casi todos sus frentes (cómo se crean las historias, cómo se producen y cómo le llegan al espectador).

Con los años, el liderazgo de la N roja también la llevó a ocupar un lugar de peso en Nasdaq, uno de los principales índices bursátiles de Estados Unidos. Su capitalización de mercado ha llegado a superar los US$330.000 millones, impulsada por el crecimiento de su base de usuarios, la evolución de su estrategia de monetización y el desempeño de sus finanzas.
En cuanto a Blockbuster, el desenlace de la cadena fue algo diferente. Rebobinando el casete, en el año 2000, los fundadores de Netflix llegaron a proponerle a la compañía venderle su negocio por internet por US$50 millones. La directiva rechazó la oferta porque consideraba que el alquiler tradicional seguiría dominando el mercado.
El tiempo siguió su curso. Los costos de mantener miles de locales físicos se fueron acumulando y la reacción tardía para dar el salto al mundo digital terminó pasando factura. En 2010, Blockbuster se declaró en quiebra, y hoy, de aquel gigante que llegó a tener más de 9.000 tiendas, solo queda un establecimiento abierto en el mundo, convertido principalmente en una atracción turística.
Treinta años atrás, para ver una película había que salir de casa, recorrer los pasillos de un videoclub, escoger una portada y regresar con ella bajo el brazo. Hoy, ese mismo viaje puede comenzar desde el sofá, con un control remoto en la mano y miles de historias al otro lado de una pantalla, porque la película ya no espera en una estantería, sino que ahora está a un clic de distancia.
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