A finales del siglo XX, la idea de que una diminuta pieza cuadrada moviera las economías podría sonar algo descabellada. En especial, si se menciona que las primeras pinceladas del proyecto surgieron en una cafetería, durante una charla entre amigos.
Para Jensen Huang, Chris Malachowsky y Curtis Priem, esa pequeña lámina, un chip que parece sacado de un relato de ciencia ficción, representaba el futuro. Y lo cierto es que, sin ella, no existiría la tecnología moderna tal y como la conocemos.
Esta es la historia de una empresa que decidió apostar por esa realidad mucho antes de que la inteligencia artificial cambiara las reglas del juego.
La ciudad microscópica
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Todo gran relato necesita un protagonista y un escenario, y en este caso ambos son uno mismo y vienen en tamaño compacto. En escena entra, entonces, el chip. Pequeño, casi imperceptible a simple vista, pero capaz de ejecutar millones de operaciones en apenas unos segundos.
Pero, ¿cómo lo hace posible? Imagine esta pieza como una ciudad entera con millones de calles, edificios y semáforos, pero comprimida en el tamaño de una uña. Las ‘calles’ son cables microscópicos de cobre o aluminio, y los ‘edificios’ son transistores que dejan pasar o no la electricidad para hacer cosas increíbles.
Huang, Malachowsky y Priem estaban familiarizados con esa dinámica gracias a su experiencia en informática. Los tres, además, coincidían en algo: era necesario encontrar la manera de potenciarla.
En 1993, las computadoras personales ya se habían abierto paso en los hogares. Los equipos ya no servían únicamente para escribir textos u organizar información; poco a poco, también se habían convertido en una forma de entretenimiento gracias a los videojuegos. Y fue precisamente ahí donde aquel grupo de amigos vio una oportunidad para incursionar y llevar los gráficos 3D a este mercado y mejorar la experiencia.
Fue entonces en la mesa de un restaurante de la cadena Denny’s que nació Nvidia, inicialmente llamada Nvision, pero cuyo nombre ya había sido ganado por una compañía fabricante de papel higiénico. La alternativa surgió de la raíz latina invidia, una palabra que hacía referencia a la envidia, precisamente la sensación que los fundadores querían despertar en su competencia con sus productos gráficos.
Todos quieren un semiconductor
Durante mucho tiempo, el desarrollo de Nvidia se concentró en fabricar chips para el mundo de los videojuegos. Al inicio, el panorama no era muy favorecedor por cuenta de las condiciones que establecían los sistemas, pero la llegada de la Unidad de Procesamiento Gráfico (GPU, por sus siglas en inglés) cambiaría las cosas.
La GPU nació en 1999 como un producto que apuntaba a captar la atención de un segmento en auge. Su capacidad para procesar y generar gráficos comenzó a ser cada vez más demandada para funciones de visualización, como el renderizado de videos, imágenes y animaciones, lo que las hacía ideales para la creación de videojuegos de alto rendimiento.
Dos años después, esta tecnología fue incorporada en la primera consola Xbox de Microsoft, que marcaría el inicio del gigante tecnológico en ese mercado. Por su desarrollo, Nvidia recibió un pago inicial histórico de US$200 millones, dando paso a una alianza que se mantiene vigente hasta el día de hoy.
Pronto, la firma descubriría que sus GPU eran útiles para otras tareas, especialmente para acelerar el rendimiento de las computadoras. En ese momento, gigantes como Google, Amazon y el ya mencionado Microsoft se inclinaron por su uso para aprovechar el potencial de sus centros de datos.
Pero sus usos no se limitaban ahí. Los ingenieros comenzaron a emplear estos chips para darle forma a una tecnología con la que se venía experimentando desde los años 50 y cuyos alcances más trascendentales, hasta entonces, solo se habían visto materializados en la literatura y el cine: la inteligencia artificial (IA).
A partir de 2006, la marca se sumaría a la carrera de la IA con la creación de CUDA, una plataforma de programación que hacía posible aprovechar sus chips para resolver problemas matemáticos complejos. Esto potenciaría el uso de sus semiconductores para entrenar sistemas de inteligencia artificial.
Casi una década después, su nombre, hasta entonces menos conocido en otras industrias, ganó gran notoriedad con la entrada de ChatGPT en el juego. El sistema de inteligencia artificial desarrollado por OpenAI utiliza los procesadores de Nvidia para funcionar, una relación que terminaría inclinando la balanza a favor de la compañía.
Un crecimiento “sin techo”
A estas alturas, quizás ya se pueda inferir que los chips funcionan como el “cerebro” electrónico de las cosas. Es por eso que están presentes en casi todos los aparatos que usamos, desde los teléfonos móviles y los computadores hasta los carros modernos.
Y es precisamente entender eso lo que ha impulsado el éxito de Nvidia. Tanto así que ha llegado a superar a Apple y Microsoft en el título de la empresa más valiosa del mundo, con una capitalización que ha llegado a rozar los US$4 billones.
De hecho, la escala de la compañía va más allá de liderar el mercado tecnológico y consolidarse como la empresa cotizada más valiosa en el índice Nasdaq, alcanzando ingresos trimestrales récord de más de US$90.000 millones.
La firma se encuentra en el centro de la guerra tecnológica global por el dominio de la inteligencia artificial y el control de la cadena de suministro de semiconductores. Una batalla que, a su vez, está enmarcada en una carrera por alcanzar el dominio económico y militar.
En medio de la rivalidad entre China y Estados Unidos, Nvidia ha tenido que modificar algunos de sus productos para cumplir con las normas estadounidenses, pero también se ha aventurado a romper tabúes históricos al alcanzar acuerdos estratégicos.
Al final, el protagonista de esta historia nunca dejó de ser aquel pequeño chip. Lo que cambió fue todo lo que el mundo descubrió que podía hacer con él.
Lo que comenzó como una apuesta de tres amigos por mejorar los gráficos de los videojuegos terminó convirtiéndose en una pieza fundamental para entrenar inteligencias artificiales, impulsar centros de datos y disputar el liderazgo tecnológico entre las mayores potencias del mundo.
Quizás por eso, aquella diminuta pieza cuadrada ya no parece tan pequeña. Dentro de ella no solo caben millones de transistores, sino que también se está escribiendo una parte del futuro



