Por: Eduardo Rodríguez, socio y colíder de la práctica de Retail en Hispanoamérica en McKinsey & Company, y William Fookes, líder de la práctica de Operaciones para América Latina
Empecemos con una pregunta relevante para América Latina: ¿qué tendría que ocurrir para que Venezuela, una economía que perdió cerca de tres cuartas partes de su tamaño en poco más de una década, recupere una parte significativa de la escala económica perdida?
El punto de partida es particularmente desafiante y está sujeto a una elevada incertidumbre. El PIB venezolano se situó en aproximadamente US$82.000 millones en 2024, tras haberse contraído cerca de 72 % desde 2013.
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La magnitud del ajuste también se refleja en la trayectoria de largo plazo: entre 2012 y 2025, el PIB nominal disminuyó a una tasa anual compuesta de 10,9 %, mientras el PIB per cápita cayó 10,3 % anual. La profundidad de esta contracción dimensiona tanto el desafío como el espacio potencial para una recuperación de escala. Y es precisamente esa combinación —desafío y espacio por recuperar— la que puede abrir oportunidades relevantes para quienes estén preparados para asumir el reto.
La profundidad de la caída dimensiona el espacio para recuperarse
En apenas seis meses se han producido movimientos relevantes: cambios en el sector de hidrocarburos, avances relacionados con la minería, recuperación gradual de conexiones aéreas internacionales, anuncios sobre la deuda pública externa y modificaciones en algunas restricciones que afectan al sistema financiero venezolano.
Estos acontecimientos no permiten anticipar por sí solos una trayectoria para la economía. Sí plantean una pregunta: bajo condiciones favorables y sostenidas de inversión, financiamiento y capacidad productiva, ¿qué escala podría recuperar Venezuela?
Distintos escenarios económicos permiten explorar esa posibilidad. Bajo supuestos favorables sobre inversión, capacidad productiva, acceso a financiamiento y evolución de sectores clave, el PIB venezolano podría multiplicarse entre tres y cinco veces en un horizonte de ocho a diez años.
Este rango no constituye una previsión, sino un escenario potencial cuya materialización dependería de múltiples variables económicas e institucionales y de que las condiciones para invertir, financiar y producir se mantengan en el tiempo. Pero la magnitud potencial de esa recuperación también importa desde la perspectiva empresarial: incluso en un entorno bastante imprevisible, el valor que podría crearse para quienes logren posicionarse con éxito puede ser significativo.
Tres factores serían especialmente relevantes: la evolución del sector energético, la capacidad de atraer y desplegar nuevas inversiones y la recuperación de la intermediación financiera.
La energía podría ser un punto de partida, pero no el único
El petróleo y el gas constituyen el punto de partida más evidente. Distintos escenarios muestran la posibilidad de alcanzar niveles de producción considerablemente superiores en los próximos años. La velocidad y magnitud dependerían de factores como inversión, infraestructura, capacidad operativa y condiciones de mercado.
Pero una eventual recuperación podría extenderse más allá de los hidrocarburos. La minería cuenta con recursos que podrían permitir una expansión de la producción, incluidos minerales relevantes para distintas cadenas industriales. La agricultura también presenta espacio para recuperar producción desde los niveles actuales.
Una mayor actividad productiva tendría, a su vez, implicaciones para sectores orientados al mercado doméstico. El consumo y los servicios financieros parten de bases relativamente reducidas frente a las dimensiones históricas de la economía venezolana y otros mercados de la región.
En el sistema financiero, por ejemplo, el crédito bancario representa actualmente una proporción reducida del PIB en Venezuela (<5 %), frente a más del 40 % en Colombia. Una mayor intermediación financiera podría acompañar, aunque no necesariamente preceder, una recuperación más amplia de la actividad empresarial y el consumo.
En conjunto, estos sectores muestran distintas fuentes potenciales de crecimiento y sugieren que una recuperación sostenible difícilmente dependería de una sola industria. La capacidad productiva potencial existe; la trayectoria y velocidad de recuperación son mucho más inciertas. Esa incertidumbre no elimina la oportunidad: hace más relevante la capacidad de las empresas para evaluar escenarios, entrar de manera disciplinada y construir posiciones de largo plazo.
Las condiciones para recuperar escala
Venezuela se encuentra, por tanto, ante distintos escenarios posibles, todos condicionados. Los últimos 180 días han traído cambios en algunas variables económicas y regulatorias, aunque todavía es pronto para determinar su impacto de largo plazo. Cualquier crecimiento significativo dependería de que existan de forma sostenida condiciones que permitan invertir, financiar y producir.
El terremoto de junio añade una dimensión humana y material que no puede reducirse a sus implicaciones económicas. Sin desconocer ese costo, la reconstrucción supone también necesidades adicionales de infraestructura y capacidad productiva, cuyo impacto dependerá de cómo se desarrolle el proceso.
Para América Latina, lo que ocurra en Venezuela tampoco será exclusivamente venezolano. Una recuperación en energía, minería, agricultura, consumo y servicios podría modificar gradualmente flujos comerciales, cadenas de suministro y patrones de inversión en toda la región. América Latina podría aportar conocimiento empresarial, capacidades industriales y capital, dependiendo de las condiciones
económicas y de inversión y de las decisiones independientes de empresas e inversionistas. En ese contexto, Venezuela puede representar una oportunidad no solo para actores locales, sino también para líderes regionales y globales capaces de aportar capital, capacidades y una visión de largo plazo. Experiencias recientes de inversión empresarial en el país, como la de Jaime Gilinski, muestran que algunos inversionistas ya están evaluando esa oportunidad y tomando posiciones.
En última instancia, una recuperación sostenida dependerá de un conjunto amplio de condiciones: previsibilidad económica y regulatoria, acceso a capital y financiamiento, infraestructura, disponibilidad de talento y un entorno que permita inversiones de largo plazo. Para las empresas, la cuestión será cómo equilibrar esas condiciones frente al potencial de entrar temprano en un mercado que, bajo escenarios favorables, podría recuperar una escala considerable.
Por eso, más que predecir cuál será el tamaño de la economía venezolana dentro de una década, resulta útil observar qué condiciones permitirían materializar distintos escenarios. Después de una contracción de esta magnitud, existe espacio para una recuperación considerable. La gran pregunta es hasta qué punto los cambios recientes pueden traducirse en condiciones duraderas para invertir, producir y financiar actividad económica.
Para los líderes empresariales, hay además otra pregunta: quiénes estarán dispuestos a construir hoy las capacidades y posiciones que les permitan participar de esa recuperación si llega a materializarse. En un entorno de incertidumbre considerable, el resultado es necesariamente incierto; pero también puede ser elevado el retorno para quienes sepan evaluar y actuar con convicción. El futuro, en ese sentido, puede pertenecer a quienes se atrevan -con disciplina, perspectiva de largo plazo y plena conciencia de los desafío- a capturar la oportunidad. La respuesta determinará no solo cuánto terreno puede recuperar Venezuela, sino también qué peso puede volver a tener dentro de la economía latinoamericana.



