A los 20 años, la incertidumbre por el futuro se siente con más fuerza. Tener un primer trabajo, estudiar una carrera, salir de casa… Y aunque la presión por definir un camino pueda parecer propia de la edad, también está relacionada con una serie de obstáculos estructurales que, en los últimos años, han hecho más difícil dar esos primeros pasos hacia la vida adulta.
Para muchos jóvenes, conseguir un empleo no significa únicamente empezar a generar ingresos. También es el punto de partida para tomar decisiones como independizarse, pagar un arriendo o construir un proyecto de vida propio. Sin embargo, el panorama parece estar contando una historia diferente.
Cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) muestran que, si bien los indicadores laborales de América Latina han experimentado una recuperación significativa desde la pandemia, aún persisten diferencias entre jóvenes y adultos en términos de participación, ocupación y desocupación. Un comportamiento que va de la mano con los desafíos que enfrentan los más jóvenes para incorporarse en el mercado y mantener un empleo.
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Tan solo en 2025, la tasa de participación laboral de los jóvenes se situó en un 47,2 %, frente al 66,3 % de los adultos (de 25 años y más), lo que representa una brecha de 19,1 puntos porcentuales. En cuanto al desempleo, durante ese periodo la tasa de los jóvenes alcanzó el 11,3 %, mientras que la de los adultos fue de solo 4,1 %.
La diferencia se hace más notoria al analizar los niveles de ocupación. De acuerdo con la OIT, el año pasado el indicador correspondiente a las personas de 15 a 24 años fue del 41,8 %, mientras que entre los adultos se situó en el 63,5 %. Es decir, la distancia es equivalente a 21,7 puntos porcentuales.
En otras palabras, aunque la situación ha mejorado, los jóvenes siguen teniendo más dificultades que los adultos para entrar en el mundo laboral, conseguir un empleo y pasar de la etapa de estudio a la vida laboral. En especial, en contextos en los que la economía no da muchas señales de aceleración y en los que las barreras de acceso a la educación suelen ser más pronunciadas para algunos grupos de la población.
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La radiografía local
En Colombia, esta realidad también tiene un reflejo concreto. Entre abril y junio de 2026, el desempleo entre los jóvenes se ubicó en 14,7 %, aunque presentó una reducción frente al mismo periodo del año anterior. Mientras que, en esos tres meses, la tasa de ocupación fue de 47,2 %, lo que significa que menos de la mitad de los jóvenes entre 15 y 28 años tenía un empleo.
Pero estar fuera del mercado laboral no necesariamente significa estar buscando un trabajo. También están quienes no estudian ni trabajan, una población que suele quedar en medio de las discusiones sobre educación, empleo e independencia económica: los también conocidos como ‘ninis’.
De acuerdo con un estudio publicado en la serie ‘Borradores de Economía’ del Banco de la República, uno de cada cinco jóvenes en el territorio nacional entre los 15 y los 24 años es nini, es decir, no está vinculado al sistema educativo ni tampoco participa en el mercado de trabajo. Analizar este fenómeno es clave no solo para entender cómo está compuesto el ecosistema laboral, sino también para conocer qué impulsa su prevalencia y el “efecto cicatrizante” que puede tener en el futuro.
Para dimensionar la magnitud del asunto, el reporte muestra que, aunque la tasa en las siete ciudades principales disminuyó al 18,2 % en 2024, la tasa nacional ascendió al 23 %, cifra que duplica el promedio de la OCDE y supera por cuatro puntos porcentuales a países como Perú, Costa Rica y México. Una situación que se ha visto impulsada por una serie de factores estructurales que van desde lo económico hasta lo social.
Un primer detonante se asocia a la baja cobertura de la educación superior, así como a las dificultades para retener a los jóvenes en la educación media. Para hacerse una idea, según datos del Sistema Nacional de Información de Educación Básica y Media (Sineb), solo uno de cada dos jóvenes culmina su paso por los grados décimo y undécimo. Esto se traduce en mayores limitaciones para conseguir un trabajo formal o continuar con sus estudios profesionales.
Otro factor de peso son las restricciones económicas. La desigualdad de ingresos puede dificultar la permanencia en el sistema educativo, pero, además, para los jóvenes de bajos recursos, existen barreras de financiación, ya que la posibilidad de balancear una jornada laboral con una educativa para pagar sus propios estudios superiores es más reducida.
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El “efecto cicatrizante”
Quizás el reto de mayor impacto sea el de la transición de la educación al empleo, al representar un momento crítico en el ciclo de vida de cualquier joven.
Los autores del reporte ‘Jóvenes que ni estudian ni trabajan: Dinámica y determinantes en Colombia’ señalan que entre los 16 y los 18 años se registra una fuerte aceleración en la entrada de jóvenes a la condición de ‘nini’. En este rango de edad, la probabilidad de caer en la inactividad se dispara, pasando de un 5 % a un 22 %.
Pero las consecuencias no terminan allí. De acuerdo con el estudio, haber sido ‘nini’ entre los 16 y los 22 años deteriora gravemente la trayectoria laboral cuando las personas alcanzan la adultez (entre los 36 y 42 años), generando lo que se conoce como un «efecto cicatrizante».
Esto se explica por lo que los expertos denominan “histéresis laboral”, un efecto que ocurre cuando estar fuera del mercado laboral durante una etapa temprana termina afectando las oportunidades que tendrá una persona más adelante. Así, la falta de experiencia y formación en esos años puede traducirse, con el paso del tiempo, en mayores dificultades para acceder a empleos formales y en menores ingresos.
En este punto se introduce otro factor de análisis. Y es que entrar al mercado laboral ya no garantiza necesariamente el acceso a una vida independiente.
Datos de la OIT muestran que en 2025, el 59,1 % de los jóvenes de 15 a 24 años ocupados en América Latina se encontraba en condiciones de informalidad. Esta cifra supera por casi 12 puntos porcentuales al promedio regional de informalidad laboral general, que se situó en un 47,4 %.
Aunque la tasa ha disminuido desde su punto máximo del 64,7 % en 2021, sigue siendo considerablemente más elevada que la de los adultos, cuya tasa de informalidad se ubicó en 45,6 %. Este dato refleja que, para la mayoría de los jóvenes, el paso de la educación al mercado de trabajo se produce a través de empleos informales, temporales y de baja productividad.

El costo de independizarse
El siguiente desafío está en convertir esos ingresos en la posibilidad real de construir una vida independiente. El problema radica en los costos que eso trae consigo.
Un análisis de Colfondos señala que dar el paso para salir de casa puede implicar un gasto estimado de entre $4,4 y $7,8 millones en la etapa inicial, al menos en las ciudades principales. Esto, considerando costos que van desde el alquiler hasta los primeros muebles.
Para ser más precisos, los cálculos contemplan el primer mes de arriendo y trámites (cerca de $1.000.000 – $1.500.000), el trasteo ($150.000 – $300.000), electrodomésticos básicos como nevera y lavadora ($2.000.000 – $3.500.000) y el mobiliario esencial con menaje ($1.300.000 – $2.500.000).
Una vez instalado, los gastos fijos, que incluyen arriendo, servicios y alimentación, pueden oscilar entre los $2.000.000 y los $3.100.000.
Para dimensionar esta relación, el salario mínimo puede servir como un referente, aunque el ingreso de un joven al mercado laboral puede variar según su nivel educativo, experiencia y tipo de empleo. En 2026, este se ubica en $1.750.905, sin incluir el auxilio de transporte, frente a gastos mensuales que pueden alcanzar los $3.100.000 para una persona que acaba de emprender un camino independiente.
En ese sentido, independizarse termina siendo mucho más que una decisión personal. Detrás de la posibilidad de salir de casa hay una cadena que comienza con el acceso a la educación, pasa por la entrada al mercado laboral y continúa con la posibilidad de conseguir un empleo estable y unos ingresos suficientes para sostener una vida propia.
Para una generación que enfrenta estas decisiones en medio de mayores costos y condiciones laborales que no siempre garantizan estabilidad, dar el paso hacia la independencia puede terminar siendo menos una cuestión de cuándo hacerlo y más de cuándo las condiciones permiten hacerlo.
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