La inteligencia artificial (IA) ya no es una promesa futura. Esta tecnología ha pasado a ocupar un rol importante en la realización de tareas cotidianas, al mismo tiempo que se ha integrado de lleno en el funcionamiento de múltiples industrias.
Sin embargo, su avance no solo ha redefinido la manera en que se trabaja o se produce, sino que también ha abierto una nueva carrera por los recursos que necesita para operar.
Detrás de cada algoritmo y cada modelo, hay una demanda creciente de energía, infraestructura y materias primas que empieza a reconfigurar las prioridades de los países y las dinámicas del mapa geopolítico.
Un análisis reciente publicado en el blog del Fondo Monetario Internacional (FMI) por el investigador energético Thijs Van De Graaf explora cómo la contienda por perfeccionar estos modelos de funcionamiento se ha traducido también en una competencia por la energía, los semiconductores y los minerales esenciales.

Demanda creciente
En los últimos tres años la construcción de centros de datos se ha triplicado. Esto se ha visto reflejado tanto en términos de expansión, como en un aumento del consumo de energía.
De acuerdo con el académico, actualmente, estas estructuras consumen cerca del 1,5 % del suministro eléctrico mundial. Para hacerse una idea, este porcentaje de consumo es casi el mismo que registra el Reino Unido.
“Solo una parte de esa demanda proviene de la IA, pero está creciendo con rapidez. Entrenar un modelo avanzado puede consumir tanta energía como la que utilizan miles de hogares en un año, y ejecutarlo a gran escala multiplica el consumo”, destaca el texto.
Si bien ese incremento en la demanda es manejable, los datos apuntan a que la necesidad de energía aumentará casi el doble de aquí a 2030. Un informe de Goldman Sachs estima que el uso de electricidad de estas infraestructuras crecerá cerca de 175 % para ese año, lo que equivale a sumar otro país entre los diez mayores consumidores de este recurso a nivel mundial.
La expansión de estos centros también ha estado vinculada a la promoción de energías limpias. A medida que más empresas tecnológicas se suman a la contienda por la IA, las decisiones sobre acuerdos de compra de energía y la localización de proyectos eólicos y solares se han visto influenciadas por estas nuevas dinámicas.
“Con el tiempo, el capital de los gigantes tecnológicos podría contribuir a acelerar la innovación en energía limpia, pero también podría consolidar la dependencia de los combustibles fósiles”, indica el experto.
Dos casos que contrastan con esta realidad son los que se viven en Europa y Estados Unidos. Mientras que en el primero la IA ha impulsado el uso de renovables, en el segundo se sigue dependiendo en gran medida del uso de gas natural.
No obstante, esa solo es una parte del gran rompecabezas detrás de la operación de la inteligencia artificial.
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La ‘guerra’ de los chips
En esta historia, se suma al juego otra pieza clave que sostiene esta industria creciente: los semiconductores.
Este negocio ha ganado una relevancia sin precedentes en los últimos años porque, hoy más que nunca, los semiconductores están en el centro de prácticamente todo lo que usamos. En el caso de la inteligencia artificial, el entrenamiento de modelos de este tipo requiere del uso de chips.
La fabricación de estos insumos también demanda una gran cantidad de recursos. Aquí ya no solo entra en juego la energía, sino una amplia variedad de minerales y materias primas, entre ellos silicio, aluminio, arsénico, boro, cobre, fósforo, galio, germanio, gases nobles, manganeso, níquel, plata, oro y tierras raras.
Para hacerse una idea, Van De Graaf señala en su texto que, con base en datos de la Agencia Internacional de Energía (AIE), de aquí a 2030, los centros de datos podrían consumir más de medio millón de toneladas métricas de cobre y 75.000 toneladas de silicio al año, lo que bastaría para elevar su participación en la demanda mundial al 2 %.
La importancia de los chips y los insumos que se requieren para su fabricación también se asocia con un tema de control. Pues, en un mundo en el que el desarrollo digital se encuentra en uno de sus puntos más elevados, quien alcance la superioridad tecnológica tendrá más poder económico, militar e incluso ideológico.
“La pugna por los minerales, al igual que por los chips, conduce a la concentración de las cadenas de suministro y a la imposición de importantes barreras de acceso, con claros intereses geopolíticos en juego. La obtención de un acceso estable y sostenible determinará quién puede aprovechar verdaderamente la revolución de la IA”, resalta el análisis.
Actualmente, la generación global de semiconductores se concentra principalmente en dos grandes regiones: Asia y América, mientras que más de la mitad de la comercialización se hace desde Estados Unidos.
La carrera por la IA no se libra entonces solo en quién será capaz de dominar el algoritmo, sino que trasciende a una contienda por el acceso a recursos claves, un terreno donde las decisiones que se tomen hoy definirán el mapa del poder tecnológico de los próximos años.
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