El relleno sanitario Doña Juana, ubicado en el sur de Bogotá, continúa siendo el principal punto de disposición final de residuos sólidos en el país y uno de los de mayor capacidad en América Latina. A este complejo llegan diariamente cerca de 6.700 toneladas de desechos provenientes de la capital y de al menos siete municipios de Cundinamarca, lo que evidencia la magnitud del reto ambiental y operativo que implica su funcionamiento.
Durante 2025, el volumen de residuos manejados alcanzó aproximadamente 235.000 toneladas, una cifra que confirma la presión constante sobre su infraestructura y la necesidad de optimizar los procesos de tratamiento y disposición.
Uno de los aspectos más relevantes en la gestión del relleno es el manejo de los lixiviados, un subproducto inevitable de la descomposición de los residuos. Estos líquidos, altamente contaminantes si no se tratan de manera adecuada, son objeto de un sistema especializado que busca minimizar su impacto en el entorno. Andrea Pérez Cadavid, gerente del relleno sanitario Doña Juana, explicó en entrevista con Valora Analitik que el proceso inicia desde la disposición misma de los residuos en celdas diseñadas con tecnología de contención.
“Los lixiviados son el nombre técnico del líquido que se genera durante la descomposición de la basura. Cuando los residuos llegan al relleno, se depositan en celdas que han sido previamente construidas con geomembranas, geotextiles y un sistema de tuberías que permite recolectar estos líquidos desde el momento en que comienzan a generarse”, señaló Pérez Cadavid.
Este sistema de captación conduce los lixiviados hacia una planta de tratamiento que opera dentro del mismo relleno. Según la gerente, se trata de una infraestructura hidráulica robusta que permite manejar caudales significativos. “Actualmente estamos tratando cerca de 27 litros por segundo y contamos con más de 22 kilómetros de tubería que conducen estos líquidos hacia el sistema de tratamiento”, explicó.

¿Cómo es el proceso para la descomposición del lixiviado?
El proceso incluye varias etapas. La primera corresponde a un tratamiento fisicoquímico, en el que se utilizan reactivos para descomponer las sustancias presentes en el lixiviado. Posteriormente, se aplica un proceso de aireación mediante la inyección de oxígeno, lo que facilita la degradación de compuestos contaminantes. Finalmente, el líquido pasa por un sistema de ultrananofiltración que separa las partículas de mayor tamaño de las moléculas de agua.
“En términos simples, el proceso consiste en hacer pasar el líquido por membranas que retienen las moléculas más grandes, permitiendo que el agua tratada cumpla con los estándares para su vertimiento. Este procedimiento garantiza que podamos descargar el líquido al río Tunjuelo dentro de los parámetros exigidos por la normativa ambiental”, afirmó.
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Durante el último año, el relleno generó aproximadamente 777.000 metros cúbicos de lixiviado, con un caudal promedio cercano a los 24,7 litros por segundo. Para dimensionar esta cifra, la gerente explicó que equivale a tratar más de 140 baldes de 10 litros cada segundo. Este volumen ilustra la complejidad del sistema y la necesidad de mantener una operación constante y eficiente.
Mejoramiento en capacidad de tratamiento de residuos
Pérez Cadavid también destacó las inversiones realizadas para mejorar la capacidad de tratamiento. “El proyecto de optimización de la planta, que hemos denominado Génesis, implicó adaptar y modernizar la infraestructura existente con base en la caracterización de los residuos que llegan a Bogotá. Esto nos ha permitido mejorar la eficiencia del proceso y responder a las condiciones reales del relleno”, indicó.
Sin embargo, uno de los principales desafíos no radica únicamente en la tecnología, sino en la calidad de los residuos que ingresan al sistema. La gerente fue enfática en señalar que al relleno deberían llegar exclusivamente residuos ordinarios, pero en la práctica se reciben materiales que requieren un manejo diferenciado.
“Encontramos llantas, baterías de vehículos, tóners, electrodomésticos, bombillos y textiles, entre otros. Este tipo de residuos no debería ingresar a un relleno sanitario, ya que complica los procesos de tratamiento y aumenta el impacto ambiental. Por eso insistimos en la importancia de la separación en la fuente y en el trabajo conjunto con los recicladores”, sostuvo.
En ese sentido, subrayó que la responsabilidad no recae únicamente en la operación del relleno, sino también en los hábitos ciudadanos. La correcta disposición de los residuos permite optimizar tanto la disposición final como el tratamiento de lixiviados, facilitando el cumplimiento de las normas ambientales.

¿Cómo es la gestión de tratamiento de gases?
Otro componente clave en la gestión del relleno es el manejo de los gases generados por la descomposición de los residuos, en particular el metano. Este gas, además de ser responsable de los olores característicos, tiene un alto potencial como generador de efecto invernadero.
“Es importante entender que la descomposición de los residuos produce tanto lixiviados como gases. En el caso del gas, existe una concesión independiente encargada de su aprovechamiento para la generación de energía. Nosotros, como operadores del relleno, construimos las chimeneas necesarias para que ese sistema funcione”, explicó Pérez Cadavid.
Adicionalmente, el relleno cuenta con 35 teas o antorchas diseñadas para quemar el gas que no es aprovechado energéticamente. Este proceso reduce los olores y transforma el metano en dióxido de carbono, un gas con menor impacto climático.
“La analogía más sencilla es la de una estufa de gas. Cuando el gas está abierto sin combustión, se percibe el olor; pero al encender la llama, este desaparece. En Doña Juana hacemos algo similar: quemamos el gas para evitar la emisión de olores y reducir su impacto ambiental”, precisó.
Para complementar estas acciones, se utilizan catalizadores químicos como la cal viva, así como estrategias innovadoras de enmascaramiento de olores. Una de ellas es el uso de vinagre de arroz, un subproducto de la industria arrocera que ha sido incorporado como parte de un enfoque de economía circular.
“Este material, que normalmente no tiene un uso definido, lo estamos aprovechando para mitigar olores. Es una alternativa eficaz que nos permite reducir el impacto en las comunidades cercanas”, indicó.
No obstante, la dispersión de olores también depende de factores climáticos. La gerente explicó que condiciones como la alta nubosidad o la baja circulación de viento pueden generar concentraciones de olor en determinadas zonas, lo que ocasiona molestias a los habitantes cercanos.
“Hay situaciones en las que la neblina impide que el viento disperse los olores, lo que genera incomodidades. A pesar de ello, mantenemos un monitoreo constante y aplicamos las estrategias disponibles para minimizar estos episodios”, afirmó.




