A menos de un mes de la posesión de Abelardo de la Espriella, el 7 de agosto, Colombia se juega algo más que un cambio de gobierno: se juega qué tan profunda puede ser realmente la reconfiguración de rumbo tras un gobierno de izquierda.
La magnitud de ese giro depende en buena medida de la capacidad real de gobernabilidad del nuevo Congreso.
Y ahí es donde el primer round de la nueva legislatura ya dejó una señal de alerta. La disputa por la presidencia del Senado entre el Centro Democrático y el Pacto Histórico reveló que el triunfo electoral de De la Espriella no se traduce automáticamente en una coalición de gobierno cohesionada.
De hecho, el margen de maniobra del nuevo presidente para ejecutar una agenda de cambio estructural dependerá de negociaciones legislativas que, según los analistas consultados, apenas comienzan.
Lo que está en juego: gobernabilidad, no solo mayoría
El resultado electoral le dio a De la Espriella una coalición numéricamente mayoritaria, pero no necesariamente una coalición disciplinada. Esa diferencia es central para entender qué tanto podrá cambiar el país en los próximos cuatro años: entre tener los votos en el papel y tener los votos en la práctica, para reformas tributarias, laborales, de seguridad o cualquier otro eje central de la nueva agenda.
Para el analista político Yann Basset, la tensión en torno a la presidencia del Senado responde directamente a la fragmentación del nuevo Congreso y a la ausencia de un control unificado por parte del gobierno entrante.
«Es un fruto de la extrema fragmentación que hay en el Congreso y el hecho de que el gobierno no lo controla», señaló Basset. El analista distingue entre la capacidad de De la Espriella para formar una coalición mayoritaria —algo que, dice, «lo está haciendo sin mayores problemas»— y la capacidad de esa coalición para funcionar de manera cohesionada una vez constituida.
«Lo que vemos con esto es que esta coalición no va a ser tan fácil de manejar, y que ahí cada partido tiene su interés», explicó Basset, quien señaló al Centro Democrático como el actor que más claramente está marcando su propia agenda dentro de la alianza de gobierno: «Como principal fuerza de la derecha, ahí muestra que no va a ceder el liderazgo de la derecha de Abelardo de la Espriella de una forma tan simple».
Sobre si un eventual protagonismo del Pacto Histórico en la definición de la mesa directiva del Senado representaría una ganancia política para esa colectividad, Basset fue cauteloso: «No creo que lo beneficie necesariamente elegir entre los dos candidatos».
Sin embargo, matizó que la posición de bisagra —la capacidad de desempatar en caso de divisiones dentro de la coalición de gobierno— sí le otorga peso político al Pacto Histórico, que mantiene la bancada más numerosa del Congreso pese a no tener mayoría.
«Marcarle la cancha» al nuevo gobierno
Juan Pablo Milanese, profesor del programa de Ciencia Política de la Universidad Icesi, interpretó el eventual acercamiento entre el Centro Democrático y el Pacto Histórico para la presidencia del Senado como parte de una dinámica ordinaria de disputa de poder dentro del Legislativo, más que como una ruptura de la coalición oficialista.
«Independientemente de que ese acuerdo se produzca o no, lo que está pasando es una estrategia normal de los partidos dentro del Congreso. Se están disputando recursos de poder», afirmó Milanese.
Según el profesor, el Centro Democrático no ocupa hoy una posición privilegiada dentro de la coalición presidencial, y esa condición explica su maniobra: «Está aprovechando su posición de principal partido de derechas dentro del Congreso para, como se dice coloquialmente, marcarle la cancha a De la Espriella».
Milanese consideró poco probable que una alianza formal llegue a concretarse, dado el costo político que implicaría para el partido de gobierno frente a su propio electorado: «Es difícil que ese acuerdo termine de cuajar. Si eso ocurriera, posiblemente muchos votantes de derechas estarían muy decepcionados, y eso podría representar un costo alto para el Centro Democrático, especialmente en el año inaugural del gobierno».
No obstante, el profesor de Icesi advirtió que el episodio sí envía una señal política de fondo al Ejecutivo entrante: la gobernabilidad no se da por sentada.
«Es una señal al presidente que la gobernabilidad tiene una tarifa; que solo la voluntad no alcanza para gobernar y que si quiere ‘tener congreso’ tiene que llegar a acuerdos», dijo. Y añadió que la afinidad ideológica tampoco garantiza automatismos: «Que De la Espriella y el Centro Democrático sean ambos de derechas no va a implicar acuerdos automáticos; para llegar a ellos les tocará negociar».
Milanese anticipó que la estrategia del presidente electo podría orientarse a fracturar internamente al Centro Democrático como mecanismo de presión legislativa: «Lo más probable es que la estrategia del presidente electo sea ahora tratar de dividir al partido para debilitarlo y volverlo más vulnerable a su presión para pasar legislación».
El académico considera que ese escenario es prácticamente inevitable y que, aunque el partido intente evitarlo o contenerlo, «esto naturalmente le va a traer tensiones internas».
Ahí está el nudo de lo que Colombia se juega en este primer año: el tamaño real del cambio de rumbo que pueda impulsar el nuevo gobierno no depende solo de la voluntad presidencial ni del resultado electoral de junio, sino de si De la Espriella logra convertir una coalición fragmentada en una mayoría operativa, reforma por reforma.
Con la posesión fijada para el 7 de agosto, el resultado de este primer pulso legislativo funcionará como el indicador más temprano de qué tan costosa, en términos políticos, será la gobernabilidad para el nuevo presidente.




