Por: Luz María Velásquez, vicepresidente de Personas, Empresas y Pymes
Hay conversaciones que como país llevamos años repitiendo. El potencial del agro es una de ellas.
Colombia tiene tierra fértil, diversidad climática y una riqueza cultural que hacen del campo un motor natural de desarrollo. Sin embargo, entre lo que sabemos que somos capaces de hacer y lo que realmente ocurre, persiste una brecha que no podemos seguir ignorando.
Hoy, el agro representa cerca del 6,5 % del PIB del país y, solo en 2025, creció en 3,1 %, según cifras del DANE. Estos datos confirman que no estamos hablando únicamente de promesas: se trata de un sector que ya aporta de manera concreta al crecimiento económico, sostiene el empleo rural, garantiza la seguridad alimentaria, impulsa la transformación social y conecta a millones de familias con oportunidades de ingreso.
Cuando ampliamos la mirada a toda la cadena de —producción, transformación y comercialización — el agro adquiere un aún mayor. Se convierte en un factor real de competitividad para el país. Porque cuando el campo es productivo, sostenible y está bien conectado con los mercados, no crece solo un sector: se fortalecen las cadenas productivas, se dinamizan las regiones y se amplían las posibilidades de Colombia de competir en escenarios globales.
Recorrer los territorios, escuchar a productores, mujeres rurales y emprendedores cambia la conversación. Permite entender que el reto no es únicamente producir más, sino hacer del agro un proyecto de vida viable y sostenible, que permita planear, invertir y proyectarse en el tiempo.
Si queremos que el agro consolide su papel como motor de competitividad, hay tres retos que no podemos ignorar.
El primero es el acceso a financiamiento. Aunque ha habido avances, las dinámicas del campo —ciclos largos, ingresos variables y mayores riesgos— requieren soluciones cada vez más ajustadas a su realidad. No basta con ofrecer crédito; es necesario acompañar, entender y construir relaciones de largo plazo.
Hoy ya vemos señales positivas. Solo en 2025, desde Bancolombia acompañamos a más de 300.000 clientes del sector agropecuario, con desembolsos por $10,3 billones: 36 % destinados a productores, 24 % a comercializadores, 35 % a transformadores y 5 % a servicios de apoyo. Esto ha sido posible gracias a alternativas como Finagro, los encadenamientos productivos, la financiación sostenible y los créditos integradores y asociativos. Más que cifras, estos datos reflejan un ecosistema que avanza, aunque todavía con brechas importantes por cerrar.
El segundo desafío está relacionado con el contexto. El agro opera hoy en un entorno más exigente: condiciones climáticas retadoras con fenómenos como El Niño y La Niña, mayores costos operativos, dificultades para planear la producción y un escenario macroeconómico menos favorable, marcado por presiones inflacionarias, una tasa de cambio menos competitiva y tasas de interés más altas. Todo esto impacta directamente la productividad, los márgenes y la capacidad de competir, tanto en el mercado local como en el internacional.
Y el tercero es el relevo generacional. El campo necesita que más jóvenes lo reconozcan como una oportunidad real. Pero para que eso ocurra, el agro no puede ser solo tradición, debe ser también innovación, tecnología y futuro. Un espacio donde valga la pena quedarse, invertir y construir un proyecto de vida.
Reconocer estos desafíos no es una señal de pesimismo, sino de realismo. El campo colombiano ha demostrado una y otra vez su resiliencia. Precisamente por eso, este momento exige mayor articulación, más acompañamiento y decisiones que fortalezcan su competitividad en el largo plazo.
Si queremos que el agro mantenga y fortalezca su competitividad en este entorno más exigente, no basta con resolver los desafíos del corto plazo. Es indispensable pensar en su sostenibilidad, en su capacidad de adaptarse, innovar y seguir generando valor.
En distintas regiones del país ya se evidencia que cuando se conectan financiamiento, asistencia técnica, asociatividad y acceso a mercados, los resultados cambian. Mejora la productividad, aumentan los ingresos y, lo más importante, la forma en que las personas proyectan su vida y permanencia en el territorio.
El desarrollo del agro no depende de un solo actor. Requiere articulación entre lo público y lo privado, entre el sistema financiero y los productores, entre la tecnología y el conocimiento local. Y, sobre todo, requiere confianza.
Confianza para invertir, para innovar, para asociarse. Confianza para entender que el campo no es únicamente una deuda histórica, sino una de las mayores oportunidades estratégicas que tiene Colombia.
No podemos seguir hablando del potencial del agro como una promesa lejana. El momento de convertirlo en realidad es ahora. Porque fortalecer el campo no es solo una tarea pendiente: es una decisión clave para la competitividad y el futuro del país.




