Las elecciones provinciales en Buenos Aires (Argentina) realizadas el pasado 7 de septiembre, dejaron una señal preocupante para la democracia en la región: la participación ciudadana fue la más baja desde el retorno a la democracia en 1983. Aunque en la provincia de Buenos Aires —que concentra cerca del 40 % del electorado nacional— la tasa alcanzó el 64 %, la cifra representó un retroceso frente a comicios anteriores y encendió las alarmas sobre la apatía política.
En diálogo con este medio, expertos colombianos advierten que lo ocurrido en Argentina es un llamado de atención para Colombia, que se encamina hacia sus elecciones presidenciales de 2026.
El peso del ausentismo y la crisis de representación
Para María Eugenia Vega, docente internacionalista del Politécnico Grancolombiano, la abstención refleja un fenómeno profundo: “La alta abstención envía siempre mensajes de descontento, crisis de representación y agravamiento de los problemas socioeconómicos. En América Latina, donde la democracia aún es frágil, este tipo de señales pueden erosionar los sistemas institucionales”.
Vega explicó que en el caso argentino la apatía estuvo ligada a la polarización política, los efectos de las políticas económicas del presidente Javier Milei y la falta de liderazgos claros en el peronismo. Además, señaló que el electorado desencantado no encontró una alternativa viable, lo que terminó debilitando la legitimidad del proceso.

Una participación “alta” pero con sabor a crisis
En contraste, Alexander Rojas, director de Ciencia Política de la Universidad El Bosque, subraya que el 64 % de participación sigue siendo alto comparado con democracias globales, pero aclara que esto no implica fortaleza democrática: “Lo que se observa es una ciudadanía muy consciente de la crisis política y económica, que usa el voto para castigar al Gobierno Nacional. En este caso, la derrota de Milei en la provincia de Buenos Aires anticipa un posible revés mayor en las elecciones nacionales de octubre”.
El analista político y consultor en asuntos públicos, Nelson Poveda, sostiene que: «Otro factor que podría explicar la baja participación son los escándalos —o incluso los indicios— de corrupción. Recordemos que hace poco se filtraron unos audios que, supuestamente, vinculaban a Karina Milei con un entramado de sobornos en la Agencia Nacional de Discapacidad. Esa percepción de corrupción, sumada a la falta de mejoras tangibles en la calidad de vida —especialmente en el plano económico para el ciudadano común—, termina alejando aún más al electorado. En gran medida, esto podría explicar la baja participación registrada en estas elecciones provinciales».
Y agrega que: «En toda Latinoamérica se repite el patrón. Brasil, por ejemplo, atraviesa un momento similar: el presidente Lula ha enfrentado sus peores cifras de popularidad porque la población siente que el dinero no alcanza y que su calidad de vida no mejora, a pesar de los discursos sobre control inflacionario o crecimiento del PIB. El riesgo para la región es profundo. Una participación decreciente erosiona la legitimidad de los gobiernos: pueden ganar con mayoría en las urnas, pero sobre la base de un respaldo ciudadano cada vez más débil».
El espejo para Colombia
Los expertos coinciden en que el mensaje para Colombia es claro: no basta con tener participación, sino que esta debe estar motivada por confianza y representatividad. Vega advierte que en Colombia la apatía y el desconocimiento de los cargos pueden profundizar la polarización y la conflictividad política. Rojas, por su parte, prevé un escenario distinto: “Las elecciones de 2026 podrían registrar una de las participaciones más altas del siglo, impulsadas por el descontento con un gobierno paralizado y la expectativa de cambio”.
En suma, lo que hoy ocurre en Argentina funciona como un recordatorio: la democracia se resiente no solo cuando hay ausentismo, sino también cuando los votantes sienten que sus opciones no representan soluciones reales. En Colombia, el reto será evitar que la desconfianza y la frustración ciudadana desemboquen en una legitimidad débil o, peor aún, en una nueva espiral de violencia política.




