Cuando el 3 de enero de 2026 Estados Unidos desplegó una operación militar en Venezuela, la pregunta inmediata en los pasos fronterizos con Colombia fue cuánta gente se movilizaría. La respuesta, al menos según los registros oficiales del primer trimestre, es que prácticamente nadie lo hizo de manera extraordinaria.
Entre enero y marzo de 2026, Migración Colombia contabilizó casi 11 millones de flujos migratorios en la frontera colombo-venezolana: 5.400.000 ingresos a Colombia y 5.400.000 retornos hacia Venezuela. El promedio diario se ubicó por encima de 58.000 movimientos en cada sentido, una cifra que, lejos de sugerir crisis, describe la rutina de una frontera que respira a ese ritmo hace años.

Para tener dimensión: en 2025 el promedio diario era superior a 73.000 entradas y 73.000 salidas, lo que implica que el primer trimestre de 2026 estuvo, de hecho, por debajo del ritmo del año anterior.
El informe, elaborado por el Observatorio de Migraciones, Migrantes y Movilidad Humana (M3) del Ministerio de Relaciones Exteriores, fue diseñado precisamente para detectar movimientos atípicos en un momento de alta tensión política. La conclusión es que no los hubo.
La frontera de Norte de Santander
La geografía del flujo no es homogénea. Norte de Santander, con el corredor Cúcuta-San Antonio del Táchira, absorbió el 86,8 % de todos los movimientos del trimestre: 9.000.000 de cruces, entre entradas y salidas. Arauca sumó otro 11,3 % con 1.000.000 de movimientos, y La Guajira apenas el 1,9 % con 206.000.
Esa concentración no es nueva ni sorprendente, es estructural y responde a la infraestructura habilitada en Norte de Santander, pero tiene implicaciones concretas para las empresas colombianas con intereses en Venezuela.
Prácticamente toda la movilidad comercial y laboral entre los dos países pasa por un solo punto. Cualquier perturbación en el puente Simón Bolívar o en los pasos habilitados en Cúcuta tiene un efecto desproporcionado sobre la totalidad del intercambio fronterizo. Esa vulnerabilidad geográfica es uno de los argumentos más sólidos a favor de diversificar las rutas logísticas hacia Venezuela, algo en lo que varios gremios llevan años insistiendo sin mucho éxito práctico.
El informe también examina los flujos migratorios regulares: venezolanos que ingresan formalmente a Colombia y luego salen hacia otros destinos. Y ahí hay una lectura de fondo que también merece atención.
En el primer trimestre de 2026 se registraron 182.000 entradas de venezolanos y 184.000 salidas. Enero fue el mes de mayor actividad con 157.000 movimientos totales; febrero bajó a 112.000 y marzo cerró en 97.000.
Eso no es un dato menor. Durante años, Colombia ha sido el destino final de una diáspora venezolana que supera los 2,8 millones de personas en el país. Ese flujo de instalación prácticamente se detuvo. Desde 2024, y de forma más marcada en 2025 y 2026, Colombia se ha convertido en un país de tránsito: los venezolanos entran, pero continúan su viaje, principalmente hacia Ecuador, Perú y Chile, o en algunos casos, de regreso a Venezuela.

La comparación interanual confirma la tendencia: en todo 2025 se registraron 1.300.000 movimientos regulares de venezolanos, frente a 1.100.000 en 2024, un incremento del 16,7 %. Pero ese crecimiento no significó mayor permanencia. El saldo migratorio de 2025 fue apenas 15.000 registros, comparado con los cientos de miles que en años anteriores se quedaban de manera definitiva.
¿Qué explica que Venezuela tampoco retiene a los que vuelven?
Una lectura optimista de los datos diría que los venezolanos que están en Colombia no están huyendo en masa de Venezuela, lo que confirmaría cierta estabilización del país bajo el gobierno de Delcy Rodríguez. Pero una lectura más cautelosa apuntaría a algo distinto: que Venezuela tampoco ha logrado generar las condiciones económicas para que quienes están afuera quieran regresar definitivamente.
El contexto importa. La incursión estadounidense del tres de enero fue el detonante del sistema de monitoreo en tiempo real que implementó Migración Colombia, pero el informe registra que ese evento no alteró los flujos de manera significativa. Lo que sí alteró el panorama en los meses siguientes, aunque el informe no lo desarrolla, es el proceso de negociación entre Caracas y Washington, las licencias de la OFAC y el nuevo entorno para los negocios en Venezuela. Esos cambios no se ven en los flujos migratorios de personas, pero sí empezaron a verse en el flujo de capital e intenciones comerciales.
Para las empresas colombianas que ya operan o están evaluando entrar a Venezuela, la estabilidad de los flujos fronterizos es una señal operativa relevante. Significa que los corredores logísticos están funcionando con normalidad, que la movilidad de personas para negocios, reuniones comerciales y visitas técnicas no está restringida de facto, y que el mercado venezolano, por más inflación que tenga, sigue siendo accesible desde Colombia con relativa fluidez.
El flujo de migrantes como termómetro económico
Los movimientos pendulares, los cruces diarios de personas que van y vienen por trabajo o comercio, son quizás el indicador más honesto de la vitalidad económica de una frontera. No miden turismo ni migración permanente: miden la actividad cotidiana de quienes tienen un pie en cada país.
El hecho de que ese indicador se mantenga en más de 58.000 movimientos diarios, incluso en un trimestre marcado por incertidumbre política y un evento militar sin precedentes recientes, dice algo sobre la resiliencia del tejido económico fronterizo. Norte de Santander y el Táchira venezolano funcionan como un solo sistema comercial que no se detiene fácilmente. Esa es, a la vez, una oportunidad y una advertencia: la frontera absorbe los choques, pero también acumula tensiones cambiarias, de seguridad, de infraestructura, que en algún punto cobran factura.
Los números del primer trimestre de 2026 no anuncian un colapso ni un despegue. Ratifican continuidad. En un país donde los cambios han sido abruptos durante años, una frontera que funciona con normalidad es, para las empresas, un piso sobre el cual planear.




