Por: Luz María Velásquez, vicepresidenta de Personas, Empresas y Pymes de Bancolombia
Colombia quiere crecer, mejorar su productividad y fortalecer su competitividad. Sin embargo, hay una conversación que no siempre integramos con suficiente claridad en el debate económico: una parte significativa del talento productivo del país sigue sin acceso pleno a herramientas financieras que le permitan planear, invertir y crecer.
La inclusión financiera de las mujeres suele abordarse como un tema social o de equidad. Pero también es una conversación económica. Cuando millones de mujeres enfrentan mayores barreras para participar plenamente en la economía, el país no solo reproduce desigualdades: también limita su capacidad de crecimiento y productividad.
Hoy solo cerca del 42 % de las mujeres tiene un producto de ahorro formal y alrededor del 28 % tiene acceso al crédito formal. A esto se suma una brecha persistente en el mercado laboral: solo el 20 % de las mujeres trabajan de manera formal, frente al 42 % de los hombres. Estos datos no son un detalle técnico del sistema financiero; son una señal de que estamos dejando capacidad productiva sin activar.
Cuando una mujer no tiene acceso al ahorro formal, planear se vuelve más incierto. Cuando no tiene historial crediticio, ampliar su negocio, invertir en maquinaria o negociar mejores condiciones con proveedores se convierte en una tarea difícil. Y cuando no cuenta con educación financiera suficiente, el crédito puede percibirse como un riesgo, más que como una oportunidad de crecimiento.
Hay algo importante que debemos reconocer: la mayoría de estas mujeres sí generan ingresos, sí lideran pequeños negocios, sí sostienen hogares. Lo que muchas veces falta no es talento ni disciplina, sino información clara, acompañamiento cercano y productos diseñados para su realidad. En zonas rurales, por ejemplo, la brecha se profundiza por la menor titularidad de activos y el menor acceso a información financiera.
Por eso insisto tanto en la educación financiera como vehículo de transformación. No hablo de conceptos técnicos complejos, sino de lo esencial: entender qué significa separar un ahorro con un propósito específico, cómo construir un historial crediticio que abra puertas, cuándo un crédito puede impulsar un negocio y cuándo puede convertirse en una carga. Son decisiones cotidianas que, bien tomadas, cambian trayectorias económicas.
La experiencia demuestra que cuando combinamos acceso con educación financiera, la respuesta existe. En el último año se han desembolsado más de $9,3 billones a mujeres y sus negocios desde Bancolombia a través de productos diseñados para atender sus necesidades reales. No como un gesto social, sino como una apuesta de negocio con fundamento: cuando se ofrecen herramientas adecuadas, las mujeres las usan para crecer, formalizarse y proyectarse.
Ese crecimiento individual tiene efectos que trascienden lo personal. Una mujer que accede al sistema financiero formal tiende a reinvertir en su actividad productiva, fortalecer la estabilidad de su hogar y generar oportunidades en su entorno. La inclusión financiera femenina no solo mejora indicadores sociales; amplía la base productiva y fortalece la resiliencia económica del país.
Cuando hablamos de productividad y desarrollo sostenible, pocas veces conectamos estas conversaciones con la inclusión financiera de las mujeres. Pero deberíamos hacerlo con mayor claridad. No hay crecimiento sólido si millones de mujeres permanecen por fuera del ahorro y el crédito formal. No hay competitividad duradera si una parte fundamental del potencial emprendedor del país no cuenta con herramientas para escalar.
La independencia económica no es un privilegio reservado para unas pocas; es una capacidad que se construye. Y cuando las mujeres acceden a información clara, productos adecuados y acompañamiento constante, no solo transforman su propia historia: expanden el tejido productivo del país.
La evidencia internacional es clara. Estudios de Mckinsey Global Institute han estimado que avanzar hacia una mayor igualdad económica entre hombres y mujeres podría sumar hasta US$12 billones al PIB global. Entonces, la verdadera pregunta no es si debemos incluir financieramente a las mujeres.
La verdadera pregunta es, ¿cuánto crecimiento económico está dejando Colombia sobre la mesa mientras esa potencia productiva sigue sin activarse?




