Las maniobras militares chinas anunciadas como “Misión Justicia 2025”, que integraron capacidades aéreas, navales, terrestres y de misiles del Ejército Popular de Liberación (EPL), marcaron un nuevo punto de tensión en uno de los conflictos más sensibles del sistema internacional.
Para entender el alcance de esta escalada, es necesario volver al origen del conflicto y a la lógica que lo ha mantenido contenido durante más de siete décadas.
Taiwán: un conflicto de soberanía gestionado, no resuelto
El conflicto entre China y Taiwán no es una crisis reciente. Es un asunto de soberanía abierto desde 1949, cuando, tras la guerra civil china, el gobierno nacionalista se refugió en la isla y mantuvo allí la República de China (Taiwán), mientras en el continente se consolidaba la República Popular China.
Desde entonces, ambos territorios han reclamado legitimidad, pero el sistema internacional optó por no resolver esa contradicción. En 1971, Naciones Unidas transfirió el asiento chino a Pekín y, progresivamente, la mayoría de países rompió relaciones diplomáticas formales con Taiwán. Sin embargo, la isla nunca fue reincorporada a la República Popular ni dejó de funcionar como un Estado en la práctica.
El resultado fue un statu quo peculiar: Taiwán no es reconocido como Estado por la mayoría de los países, pero tampoco está bajo control de Pekín. Mantiene instituciones democráticas, fuerzas armadas propias y vínculos económicos y políticos con Occidente, especialmente con Estados Unidos.
Este equilibrio se sostuvo durante décadas gracias a una ambigüedad estratégica, en particular por parte de Washington: no respaldar formalmente la independencia taiwanesa, pero tampoco permitir que China tome el control de Taiwán.
¿Qué cambió?
Ese acuerdo tácito que sostuvo la relación durante décadas empezó a tensionarse cuando confluyeron dos sucesos. El primero es el ascenso acelerado de China como potencia económica y militar. El segundo es la evolución política interna de Taiwán, cada vez más distante de la idea de reunificación y de tener identidad política propia.
Desde la perspectiva china, el tiempo dejó de jugar a favor de una reunificación pacífica. Desde Taiwán, el fortalecimiento militar de Pekín reduce el margen que ofrecía la ambigüedad estratégica. Y desde Washington, Taiwán pasó de ser un asunto regional a una pieza central de la estrategia de contención frente a China en Asia-Pacífico.
En ese contexto, el conflicto pasó a formar parte de la disputa por poder militar, influencia regional y control tecnológico en Asia-Pacífico.

La lógica detrás de “Misión Justicia 2025”
Las maniobras “Misión Justicia 2025” se inscriben en una estrategia de coerción orientada a condicionar el futuro político de Taiwán sin recurrir, por ahora, a una guerra abierta. Las acciones de cerco, control de accesos marítimos y simulación de bloqueos hacia Taiwán apunta a ejercer presión más que a una ocupación inmediata.
Desde la perspectiva china, esta coerción busca limitar las condiciones que permiten a Taiwán sostener su autonomía. No se trata solo de debilitar sus capacidades militares, sino de afectar el entorno económico y logístico que respalda su viabilidad como Estado.
Para Taiwán, la resistencia a la integración se explica por su propia historia. La isla ha construido instituciones propias, un sistema electoral y una identidad política. La coerción china busca restringir el margen de acción de esa configuración política.
La guerra en Ucrania demostró que una invasión directa implica costos difíciles de contener.. Esa experiencia pesa en los cálculos sobre Taiwán.
En este caso, los efectos económicos se manifestarían incluso sin un conflicto abierto. Taiwán es un punto clave del comercio regional y de las cadenas tecnológicas globales lo que hace que una tensión prolongada tenga consecuencias inmediatas sobre la dinámica regional.
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China está dispuesta a empujar gradualmente los límites del statu quo, buscando mayores niveles de tensión. La coerción amplía la presión sin resolver el fondo del problema y reduce las posibilidades de contención.
Cada nueva maniobra añade costos políticos y operativos, incluso en ausencia de enfrentamientos directos. Para Taiwán, se trata de resistir bajo presión y para China, de empujar sin desbordar. El estrecho entra así en una fase de mayor tensión.




