El verdadero desafío que Colombia enfrentaría en caso de una superoleada de calor en 2026 no sería la falta de agua para los embalses, sino el suministro de gas. Según el grupo de investigaciones económicas de Bancolombia, el país atraviesa una estrechez en este energético, ocasionada por la caída en las reservas probadas y el declive natural de los campos, lo que ha llevado a un desplome cercano a 35 % en la producción comercializada.
A esto se suma la lenta incorporación de nuevos proyectos para la explotación. También pesan factores como la intención manifestada por actores relevantes del sistema, como Canacol, de no cumplir con algunos contratos, además de retrasos regulatorios y una creciente dependencia de las importaciones.

Desde diciembre de 2024, Colombia compra parte de su gas en el exterior para abastecer la demanda de hogares, pequeños comercios y gas vehicular. En 2022 también se importaba este energético, pero su participación no era significativa. Ahora representaría 24 % del consumo doméstico total, con impactos en las tarifas de energía.
Todo esto ocurre en un entorno geopolítico con tensiones, que puede incrementar los precios globales del energético, lo que aumentaría el riesgo para Colombia si el país profundiza una política energética dependiente de las importaciones. Según datos de la Bolsa Mercantil, el gas importado tiene un sobrecosto de 77 % frente al producido localmente.

En cuanto a la disponibilidad de agua para los embalses, y dado que Colombia depende en buena medida de la generación hidroeléctrica, Bancolombia señaló que el sistema tendría mayores ventajas para enfrentar un choque energético como una oleada de calor. Esto estaría asociado a los aprendizajes obtenidos durante las oleadas de calor de 2015 y 2023.
De acuerdo con el informe, la matriz de generación cuenta con cerca de 15 % más de capacidad instalada frente a diciembre de 2023, incluyendo proyectos en fase de pruebas. Además, se añade la entrada de más de 2.800 megavatios de generación solar, una fuente particularmente útil en temporadas de sequía y altas temperaturas.
A esto se agregó que las reservas hídricas se encuentran por encima de los niveles observados durante los fenómenos de El Niño de 2015 y de 2023-2024.

Si bien la organización no minimizó el estrés que un evento de este tipo podría causar en el sistema, sí advirtió que el gas sería el componente que presentaría el mayor reto para la política energética colombiana.
Además, dijo que la temporada de calor coincidiría con una época de menores lluvias en regiones como el Caribe y los Llanos, lo que podría prolongar las sequías, reducir la capacidad de generación hidroeléctrica y obligar a una mayor dependencia de fuentes térmicas, que precisamente utilizan gas como uno de sus insumos para generar energía eléctrica.
Actores del sistema, como Grupo Energía Bogotá (GEB), han manifestado que la intensidad de una eventual superoleada de calor a finales de 2026 no podrá conocerse con precisión sino hasta el segundo semestre del año. Bancolombia citó informes del Ideam y de centros internacionales (National Oceanic and Atmospheric Administration Home), según los cuales la probabilidad de un fenómeno de El Niño se ubicaría en 70 % entre mayo y julio, y subiría a 90 % para el segundo semestre de 2026, particularmente entre agosto y septiembre.
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